De París a Mannheim: Un día de contrastes y mucha aventura

By Sandrine and Yolanda

El día de ayer comenzó con la energía que solo un auténtico desayuno parisino puede dar. En el albergue nos esperaba de todo: desde los clásicos croissants con mantequilla y mermelada, café, Colacao y zumo, hasta opciones más contundentes como cereales, yogur, queso y jamón. Con las pilas cargadas al máximo, nos pusimos en marcha hacia el gran icono de la ciudad: la Torre Eiffel.


Sesión de fotos y maestría con el mapa

Tuvimos la suerte de contar con Daniel como guía de excepción. Con un manejo impecable de Google Maps, nos llevó a todo el grupo a buen puerto, sin perdernos ni un segundo. Una vez frente a la torre, comenzó el espectáculo: avanzábamos unos metros y ¡sesión de fotos!, otros pocos metros y ¡más fotos! No queríamos dejar ni un ángulo de París sin registrar. Aprovechamos también para comprar algunos recuerdos en Trocadéro y, por supuesto, para saborear unos auténticos crepes franceses entre posado y posado.


El susto del día y la honestidad parisina



El regreso al albergue para recoger las maletas nos recordó lo inmensa que es esta ciudad: media hora de metro puede equivaler fácilmente a más de una hora a pie. Ya en la Gare de l’Est, vivimos el momento de tensión del viaje: Sandrine se dio cuenta de que le faltaba su riñonera... ¡se había quedado en el albergue!

Afortunadamente, el mundo está lleno de gente honesta y un alma bondadosa la había entregado en recepción. Aunque las profesoras nos quedamos sin comer para gestionar el incidente (lo que supuso una hora extra de metro para Sandrine entre ida y vuelta), lo importante es que todo quedó en un susto. Mientras tanto, los alumnos pudieron hacer sus últimas compras y Yolanda se encargó de custodiar las 16 maletas del grupo.

 Rumbo a Mannheim


A las 13:21 tomamos nuestro tren. Las maletas, quizá por el cansancio o por los recuerdos acumulados, parecían pesar  un poquito más que el día anterior.  A las 18:17 llegamos finalmente a Mannheim, donde nuestros colegas alemanes nos recibieron con los brazos abiertos.


El cambio de escenario ha sido total. Nuestro nuevo albergue es muy distinto al de París: estamos en plena naturaleza, entre árboles y junto al río. Es un espacio amplio y tranquilo donde, nada más llegar, nos tocó aprender el ritual del viajero: recoger las sábanas y hacernos nuestras propias camas. Cena de hermandad y descanso merecido

Para cerrar el día, nos reunimos en el instituto con el resto del grupo y los alumnos alemanes. Compartimos unas pizzas enormes que nos devolvieron la vida tras una jornada agotadora. Al terminar, el grupo se dividió: algunos partieron con sus familias de acogida y otros regresamos al albergue.

Todos, sin excepción, nos fuimos a dormir con el mismo propósito: descansar y cargar pilas para lo que está por venir. ¡Segunda etapa del viaje conseguida!

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